ACCESO CARNAL VIOLENTO A UNA COASTER
- Alejandro Martínez J.

- 20 oct 2016
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 9 ene 2019
Buffunk
Me usó.
Solo me usa para… bueno, para lo que ya todos saben o creen que sirvo.
Anoche lo volvió a hacer, y hoy, muy a las 6 am, lo repitió pero con más fuerza. No es fácil contarlo, pero el lector debe comprender que, para una, contar este tipo de historias bochornosas no es fácil.
Ni siquiera entiendo el porqué de mi enojo. Vine al mundo a esto, es mi función en la vida, y no lo culpo, usted que tiene estas hojas frente a sus ojos, comprenderá que a veces se hacen sacrificios y también se guardan secretos en lo más profundo del universo del consiente (o subconsciente) solo por amor. Es por ello que soy consciente de su inocencia, porque me usa para lo que estoy aquí, solo para eso. No obstante, después de cada encuentro, después de descubrir su carne, no dejo de sentirme asquerosa, como quien tiene arena en la boca.
Esta mañana, cuando la tiniebla seguía casta pero el sol ya la pretendía como pareja e iba ingeniando la forma de pedir su mano, él se despertó, sin siquiera bañarse y liberando por su boca el aliento prisionero de sus dientes que son tumbas, me tomó entre sus manos, me alzó llevándome hasta su hombro que parece ya tener horma de mí por tantas veces en las que mi persona ha estado en ese lugar, me condujo escaleras abajo y yo sin insurrección solo podía golpear las paredes dejando en ellas huellas de lujuria y caucho pelado. Él lo sabía, así que me levantaba más de la parte de atrás haciendo que chocara con el techo que también tenía forma de escalinatas; esas que conducían a un mundo paralelo, pensé entonces, que en ese mundo inexacto sería yo la que esclavizaría a mi victimario.
En la planta baja me montó y sentí su peso asfixiante como el mejor abrazo de una constrictora. Me tomó con sus manos, que sin ser de esas grandes que parecen de trabajador del campo, eran fuertes y me sujetaban con el vigor suficiente con el que hay que controlar a alguien como yo. Sus piernas, con las que me enredó y persuadió mi voluntad, me doblegaron e hicieron conmigo sus asquerosos menesteres, cada vez más parecían acomodarse y sentirse libres.
¿A dónde vamos? ¿Qué sugieren sus caprichos?
Quería volar, escapar, liberarme de sus piernas. Mi lozanía no dificultaba la tracción; él la superaba. Cualquier intento en contra de su voluntad era un esfuerzo perdido. Me rendí en el intento pero no ante su fuerza, lo que me derrotó fue su desfachatez, lo peor fue la indiferencia de algunos pocos espectadores que ante mis sollozos se pasmaban como recibiendo nutrientes de sus zapatos anclados a un mar de cemento.
Quiero pedirle amable y repentino lector, que nunca sea como Nubia Castellanos, la vecina de enfrente, que miraba la escena apoyada en el marco de madera de álamo de su ventana con ojos inverosímiles, lejos de ser una salvación o una amiga a quien acudir, pero siendo un cáncer que destruye como el que tenía ella en su hígado (o al menos esos eran los rumores). Nunca quise que le pasara nada malo, pero esa mañana en particular le deseé lo peor. Ella lo miró. Luego me miró. Con gesto lento alzó su mano regordeta adornada con cinco dedos que eran hogar de uñas carcomidas y muros de horribles graffitis con esmaltes baratos color “buscona”, la agitó, ¡no la usó para detenerlo ni mucho menos! Tampoco para sugerirle que se detuviera, solo la movió para despedirse con un movimiento mórbido y rechoncho. Acto seguido abrió su boca para gritar, creí que abogaría en favor mío y acabaría la desgracia pero en vez de un aullido de socorro profirió desafinadas sonatas de una canción de Rocío Dúrcal. Él no la oyó, tenía puestos sus audífonos, además, sepa usted que lee esta confesión, que él ya empezaba a perder capacidad auditiva por altos decibelios en su música. Pero yo sí, yo sí la oí, y mientras sus estruendosos cánticos de “me gustas mucho, me gustas mucho tú” llegaban a los rines de mis oídos, él me aceleraba, duro, cada vez más fuerte y más duro, hasta que la distancia vaporizó aquellas ondas sonoras tan desagradables que me negaba a seguir escuchando, total ya no había remedio.
Después todo me envolvió; el calor, el viento, su sudor, la agonía, hasta lo más endeble, y no hablo de su pene, sino de su respiración, me arrebujaban con vapor ponzoñoso.
Así anduvimos; cogimos por toda la carretera hasta la calle 127, ante los ojos inescrupulosos de ejecutivos en sus autos y señoras excesivamente maquilladas de mezquindad y banalidad. Nos miraban de lejos sin recelo, pero uno que otro hacía sonar el pito como celebrando el título de un equipo de fútbol o como si fuera un busetero en el día de la virgen del Carmen. Orgullosos del horror, hinchas del dolor.
Su abuso, esa fornicación con mis pedales no tiene nombre, tampoco tendrá fruto. Pues su árbol de semillas está caído y así el árbol fuera fértil, es mi tierra la que no permite brotes de vida. Porque soy metal, soy frío, soy aluminio. Sin corazón, sin sentimientos, sin resaca.
Lo único que resulta de nuestra mezcla de fluidos es la muerte de kilómetros que pasan bajo mis ruedas, polvo que levanto con mi caminar, moscos estrellados en su casco.
Lo odio, y lo odiaré hasta que explote esta cadena que me tiene atada a sus piernas. Solo espero que cuando ya no aguante la tensión, él tenga tiempo de reaccionar y saber cómo frenar su-vida o su-bajada, porque al romperla, él perderá el control, y aunque lo ame con toda mi manzana, soy una coaster y solo freno con la cadena.






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