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EL BAÑO EN LA CASA DEL MAGO

  • Foto del escritor: Alejandro Martínez J.
    Alejandro Martínez J.
  • 13 ene 2017
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 9 ene 2019

Buffunk

No por ser de Luxemburgo, era kilómetros.

Por supuesto, no por hablar luxemburgués, era un niño en reunión de tías

¡Más no recuerdo su nombre!

Se lo pregunté las mismas veces que intentó enseñarme a poner los dedos en la guitarra

¡Sorda cabeza mía, esponja en gabinete!


A propósito, los gabinetes de la casa de Merlín estaban ausentes de esponjas y cucarachas.

Habían;

platos sucios, pero gatos voluntarios en “servicios varios”.

Una hamaca torcida, pero un suelo que da la bienvenida a media noche.

Vigas y columnas decoradas con conchas.

Vitrales, suspendidos del techo, para espantar piratas y extraterrestres.

Bastantes atrapa sueños.


Faltaba, al menos, un atrapa ronquidos.


A la casa de Merlín, en San Marcos La Laguna, Guatemala, llegan viajeros de todos los países buscando refugio de las indolentes calles guatemaltecas

Allí, en la sala, dormían al menos cinco personas.

Eran seis si contamos la que soñaba en la hamaca.

En la habitación con cojines como baldosas, descansaban otros cinco.


Cuento once.


Como si de una historia de infantes se tratase,

una casa del árbol, en un palo de aguacate, hecha con guadua, aguardaba por inquilinos en medio del patio, y permitía solo cuatro personas. Esa noche acogió a nueve hippies inconscientes. También a una perrita, que, sabrá el mismo demiurgo con cuántas pulgas convivía.

Más tarde, un estruendo seco que atravesó la madera preocupó a tal punto de despertar a algunos. ¡Había que evacuar! Los inteligentes se fueron.

Por eso la perrita no cuenta.


Van veinte.


En la casa de Merlín se compartían casi todo; eran cinco los que compartían porro y tabaco alrededor de la fogata.


Veinticinco.


Si la mente no me traiciona, un uruguayo y dos argentinas, soplaban un pocillo de mate que compartían entre sí.


Veintiocho


Otros decidieron compartir sus gemidos a través de las carpas.


Cuento a treinta y dos.


¡Eran treintaidós estómagos llenos, o medio llenos!

Sin importar lo saciados que estuvieran, tenían que expeler.

Hay que caminar así haya cansancio.

Hay que lavar trastes así no haya agua ni jabón.

Por y para las moscas,

por y para el cuidado del agua y del bolsillo de Merlín,

el sanitario carecía de agua.


Un tinaco vacío de líquido, pero con ecos de charcos, y un retrete sucio de mierdas de culos de todas partes del mundo, me invitaban a explorar los bosques aledaños en busca de un excelente lugar para cavar un foso escéptico.

Pienso, muy en serio,

que el retrete del baño de Merlín es más cosmopolita que cualquier hotel.

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