PORQUERÍAS EN UN PARQUE
- Alejandro Martínez J.

- 17 ene 2019
- 2 Min. de lectura
Buffunk
Alertado por aquel asqueroso olor, que para él resultó ser en exceso atractivo, se desvió de su camino a través del césped verde que nacía rebosante debido a las constantes tardes de depresión y sollozos de aquel recordado octubre. Interrumpiendo el sendero, decidió buscar y llegar hasta ese misterioso lugar a donde su nariz lo conducía, aplastando con su paso, ilusionadas nacientes de hierba.
Si bien las calles y los parques adoptan un particular aroma a soledad en horarios de oficina, no era este el que se perpetuaba, tampoco era el de juveniles flores que alegres cuentan secretos a colibríes y abejas. No olía a lavanda, no olía a pasto recién podado a pesar de escucharse a lo lejos un lamento de cuchillas obligadas a trabajar. No era ese olor de asado por una celebración de año nuevo, mucho menos a pan artesanal saliendo de un horno de leña y piedra; olía a muerte y a podredumbre, a fantasmas indigentes. Solo el olor podría asimilarse a una lata de huevos en conserva y expuestos al sol hasta agotar su fecha de vencimiento.
A nadie atraía ese vaho venenoso, ni siquiera a los chulos, más bien parecían huir al percibirlo.
Él, únicamente él, lo encontraba hipnotizador. Cada paso que daba era impulsado por el deseo de encontrar esa fétida materia, que para mí solo podía ser la deposición que deja Satanás en el retrete del infierno.
- ¡Estoy cerca!
Era lo que pensaba. Era la idea que mantenía aquella búsqueda errante.
El olor se hacía más y más fuerte. Algunas abuelas, ya con ningún otro trabajo aparte del de recoger del jardín y llevar al parque a sus nietos, abortaban la idea de sentarse a leer tranquilamente mientras supervisaban la diversión infantil solo por no respirar ese pútrido ambiente, en contraste, ahora él, acompañado de una banda de moscas misioneras equipadas con máscaras purificadoras, casi habían encontrado el tesoro de un rey de algún mundo paralelo en donde los mejores perfumes de Victoria's Secret eran sustituidos por fragancias del ghetto.
- Voy llegando, estoy tan cerca.
Su nariz se activó y lamió la punta para reforzar sus sensores olfativos, aceleró el paso, su presión sanguínea subió por la emoción, batió la cola en señal de victoria al divisar su objetivo, su boca se llenó de babas antojadas y melindrosas, y de pronto, así tan rápido como el apestoso aroma invadió la galaxia de sus bigotes, se escuchó un grito que despertó al enguayabado del edificio de enfrente y alertó al celador del parque…
- No Jazz, ¡cochino!






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