CÁRCELES
- Alejandro Martínez J.

- 22 ago 2021
- 1 Min. de lectura
Buffunk
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Las cárceles de verdad no tienen barrotes;
ni macizos ni oxidados,
omiten los candados.
Las cárceles de verdad no tienen cadenas; no aprisionan ni encallan;
están faltas de grilletes.
Las cárceles de verdad tampoco atraen los pies al suelo porque carecen de magnetismo y de gravedad.
No son domingos con visitas cargadas de olores a fluidos,
no son noches llenas de alcohólicos inocentes con historias irrelevantes,
ni buenos pastores con ovejas rebeldes,
no son modelos que retan paradigmas de belleza,
ni pájaros encerrados en jaulas de oro.
Son edificios errantes
Son empleos anclas
Son amores adictivos
Son muros construidos con correos electrónicos
Son tratamientos para la calvicie.
No señale que la cárcel no es el cáñamo,
es la celda firme y evanescente de lo que se hará mañana. Es la sed de quien posea el agua y el hambre del dueño de las cosechas.
Es una mente que se estanca y que se aferra a la espera de un bus en un paradero sin sillas para sentarse.
La cárcel la atamos cada mañana por encima de las medias y la apretamos con el cinturón. Le amarramos corbatas al cuello y la peinamos para que parezca hogar de paso, pero, al que entra, se le encierra y se le da a tragar la llave.
A veces solo hay que ir al baño para liberarse.







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