SERENATA DE ORTÓPTEROS
- Alejandro Martínez J.

- 26 feb 2017
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 22 ene 2019
Buffunk
Fue en el lago de Atitlán
¡Qué difícil es escribirle!
¡Describirle!
Eran las horas donde el fuego ya no es ni brasa
las horas donde los perros sueñan
las horas para no estar de pie fumando en la intersección de dos andenes.
Había antes una fogata beoda
bebía ron…
solo de vez en cuando.
Mascaba ramitas secas…
solo de vez en cuando.
También fumó tabaco
y lo consumió con la paciencia y el arrebato de un condenado por el cáncer.
Hubo olas parlanchinas en continua discusión con los grillos.
Discutían.
A lo mejor en competición a ver cuál de los dos era más ignorado.
Era alboroto en un salón de clases.
En frente mío estaba ella,
y me hablaba con coqueto acento francés.
Ahí estaba yo, ahí,
concentrado en ese tremendo merequetengue entre; lago y grillos.
Las piedras de la orilla, sí, esas mismas que se dejaron ornar con moho de agua dulce para sentirse dignas de un rito,
estaban a favor de las olas.
Lo sé porque aplaudían todo lo que venía de los esfínteres del lago.
“Compinchería entre dos zalameras de jardín.”
Corajudos los grillos que no tenían ayuda, pensé yo.
Eran ellos, versus, la estruendosa charca.
Eran ellos: grillos, cigarras, uno que otro saltamontes… ¡ah y también habían chapulines!
Todos ellos tenían violines y violonchelos en las patas,
Supongo que algunos grillitos gustaban del vallenato, porque usaban sus cajas y guacharacas.
Una mantis, con antenas a forma de batuta, dirigía la escuadra antes de su festín.
Solo eso necesitaban para desafiar a su contrincante.
Entonces, me di cuenta
estaba en medio de un festival gitano.
Me gustaba.
Me gustaba ella, la francesa.
Con las horas, la miraba.
Sospecho que serán los insectos quienes se rindan
aunque hay quienes dicen que el reto es incesante cada noche.
Grillos, cigarras, saltamontes y chapulines,
en el día, están en sus oficinas cortando hojas y archivándolas,
sacándole punta a lápices para escribir su camuflaje,
definiendo sus ojos pixelados,
chateando con el servicio 4G de sus tentáculos.
Después de trabajar, se juntan en los callejones recónditos de las avenidas principales en el casco urbano de los troncos de los árboles,
y ebrios de savia,
inician la sonata.
Mientras, el lago sigue de zalamero con las piedras.
Vecinos chismosos del barrio.
¡Eran chismosas de verdad!
Husmeaban detrás de
la arena cansada ya de ilusiones hechas por huellas errantes,
las ruinas de casas en remojo,
de la niebla henchida de madrugada.
¡Sí, chismosas! Lo advertían mis ojos embelesados por la francesa.
Y lo empezaron a gritar a los vientos,
subieron el volumen cuando subió la marea,
usaron un tronco incauto como megáfono.
Ruinas de columnas caseras como percusión,
y burbujas como ecos de carritos heladeros trabajando un domingo.
Insectos y agua, o querían interrumpir, o querían permitir.
Fuese cual fuera su intención,
el ambiente se tornaba propicio para un romance bilingüe.
Lo bueno, es que pocos entienden el dialecto de la naturaleza;
pocos entienden el mensaje encriptado en el viento,
contados son los que se enteran del secreto que viene de un mundo circunspecto.
Y mucho menos, asisten a tan maravilloso concierto
ofrecido por el lago
y por las piedras metiches
por los grillos
por las cigarras
por los saltamontes
por los chapulines
Esos que no lo entienden, prefieren pagar óperas
O pagar televisión por cable.
Por eso, fue que nadie vio,
por eso todos oyeron, pero nadie escuchó
por eso nadie se enteró de ese encuentro de manos y dedos entrecruzados,
por eso nadie se percató de labios que buscaron cobijo en otros labios.
Y nadie supuso que el frío se rendiría ante ascuas filántropas.
Ante la piel estimulada.
Nadie atestiguo esa visita a Francia
estando en las playas del lago de Atitlán.







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